Andreu Mas-Colell (Barcelona, 1944) es sobre todo catedrático de la Universidad Pompeu Fabra, fundador de la Graduate School of Economics (GSE) e impulsor de la Institució Catalana de Recerca i Estudis Avançats (ICREA). También es exconseller por partida doble (Universidades y Economía) en etapas muy diferentes de la Generalitat, Doctor Honoris Causa de diversas universidades y Creu de Sant Jordi. También preside el Banc de Sang i Teixits y el Barcelona Institute of Science and Technology. Cuando el ‘también’ dice mucho.
Hijo de empresarios con mucha sensibilidad política, tenía que ser macroeconomista y se convirtió en microeconomista en Minnesota, donde recuerda que no había muchas evocaciones de Tom Sawyer y Huckleberry Finn tocando la guitarra. Entró por primera vez en la universidad y ya decidió que pasaría allí toda la vida. Mas-Colell cree en los golpes de suerte, aunque el artista Pablo Picasso ya decía que la inspiración debe pillarte siempre trabajando.
Mas-Colell asegura que nunca le ha preocupado el Premio Nobel de Economía, aunque ha sido profesor de unos cuantos Nobels como Philippe Aghion y Abhijit Banerjee. “El valor de un profesor es el ejemplo y eso incluye no ser dogmático y poder cambiar de opinión”, explica. Añade también que hay dos tipos de políticos: los que tienen una agenda y los que resuelven los temas más complicados. Él se identifica, sin embargo, como un estratega que quiere llegar a un lugar, sin saber nunca si llegará. Está lejos de caer en una vida contemplativa y su sueño es que “Catalunya cuente en una Europa que cuente en el mundo”.
— Es hijo de empresarios con mucha sensibilidad política.
— La sensibilidad política era más de mi madre que de mi padre, que era un producto típico de los empresarios catalanes de la posguerra. Le tocó hacer siete años de servicio militar con el bando republicano. Mi madre había trabajado de muy joven en la Generalitat y después en el Port de Barcelona cuando estaba lleno de falangistas. Era muy conservadora y muy catalanista hasta el punto que vivió muy de cerca el fusilamiento de Lluís Companys. Mi padre intentó que la política no dominara la vida familiar.
— ¿Cuál fue el mejor legado de sus padres?
— La ética del trabajo. Mi padre trabajaba sin parar y era muy cuidadoso con las finanzas, y le fue bien en la vida. No tenía deudas. Les agradezco que, siendo hijo único, no me pusieran una gran presión para continuar el negocio familiar de ferreterías.
“Cuando entré en la universidad, ya decidí que pasaría allí toda la vida”
— ¿Se lo planteó en algún momento?
— Yo no me fijaba demasiado en el futuro, pero realmente no. Cuando entré en la universidad, ya decidí que pasaría allí toda la vida.
— Toda la vida en la universidad.
— La universidad era bastante interesante y diversificada y lo permitía todo: era mi ambiente y tenías muy buenas compañías intelectuales. Mis padres le propusieron a una prima mía que se hiciera cargo de la empresa familiar hasta que se vendió en 2012. Nunca me impliqué de verdad con la empresa, pero representó un apoyo importante.
— ¿Qué tipo de apoyo?
— No sé si me habría podido permitir volver de Estados Unidos si no hubiera tenido un colchón familiar económico que me diera seguridad hasta que estar estabilizado aquí.
— También pasó por Bilbao.
— Me dediqué mucho a la política universitaria, quería ir al extranjero para aprender economía y aproveché para leer mucho. Me expulsaron un par de meses antes de terminar la carrera por cuestiones políticas, así que me fui a acabar mis estudios en Bilbao, que era una ciudad con mucho carácter.

— ¿Y Valladolid?
— La Facultad de Económicas de Bilbao era pública y dependía de Valladolid. Así pues, mi licenciatura es de la Universidad de Valladolid. Después tenía que hacer la mili, como todos, pero tuve un golpe de suerte y me tocó ir a la Marina en lugar de África.
— ¿Cómo le fue en la Marina?
— Dada la incompetencia burocrática de aquel tiempo, mi expediente policial no llegó a la Marina o quizá directamente no le hicieron caso porque la Marina era más aristócrata y menos represiva, así que no tuve ningún problema. Pude mover hilos para ir a Cartagena y a Madrid, que es donde estaba el barco más grande.
— Y conoció al hijo del chófer.
— En Cartagena socialicé con estudiantes de la Marina que pasaban por la flota de la Politécnica. Uno de ellos era el hijo del chófer, es decir, Alfons Quintà. Compartíamos una habitación que habíamos alquilado para los fines de semana.
— Volvió a Madrid.
— En Madrid me incorporé al grupo de Luis Ángel Rojo, que era el economista moderno de la época y fue capaz de atraer a muchos catalanes. Aunque mi destino natural era el Reino Unido, hice los cursillos de doctorado y surgió la posibilidad de ir a estudiar a Minnesota (Estados Unidos). Me dijeron que el Misisipi pasaba por la universidad, pero estaba helado y no había muchas evocaciones de Tom Sawyer y Huckleberry Finn tocando la guitarra.
“Para entender algo, tengo que entender la lógica de por qué puede pasar y si no entiendo por qué puede pasar, entonces no acabo de creerme que pase”
— Buena literatura de Mark Twain.
— Las becas venían del dinero norteamericano y de Walter Heller, que era profesor de Minnesota y presidente del Consejo de Asesores Económicos de John F. Kennedy y por lo tanto, responsable de la introducción del keynesianismo en Estados Unidos. El aceite de soja también jugó un papel importante.
— ¿El aceite de soja?
— Él era el rey del aceite de soja y España era un gran importador. Había economistas como Manolo Valera que eran clave en la regulación de la soja y Heller financiaba becas que a la vez facilitaban las relaciones con España.
— Usted tenía que ser macroeconomista…
— Sí, y resulta que me convertí en microeconomista. Al final, uno sigue la vida académica y profesional como una conjunción de factores de ambiente, entorno y aptitudes. En Minnesota se respiraba entonces microeconomía. Para entender algo, tengo que entender la lógica de por qué puede pasar y si no entiendo por qué puede pasar, entonces no acabo de creerme que pase.
— Eso ha sonado muy cartesiano.
— Tengo un hijo que también es economista y profesor en Berkeley que necesita ver los datos para creérselo. Yo nunca he hecho un artículo empírico, aunque sí que he sido coautor sobre estimaciones empíricas con el economista Philippe Aghion, que acaba de ganar el Premio Nobel de Economía.
“El talento se debe cultivar, captar y retener. La mejor formación es el mundo”
— Trabajó como profesor en Harvard y Berkeley.
— Empecé mi carrera en Berkeley y después me fui a Harvard, hasta que ya regresé a Barcelona.
— ¿Por qué decidió volver en 1995?
— Mi mujer Esther recuerda que cuando nos conocimos, yo le dije que ya quería volver a Catalunya. Al principio, siempre compensa quedarte en un entorno intelectual muy rico. Ahora bien, la teoría deja mucho tiempo libre y no puedes dedicarle más de tres o cuatro horas al día porque la cabeza te hierve. Por lo tanto, siempre he tenido tiempo para otras cosas como, por ejemplo, ser editor de revistas u organizar congresos.
— ¿Cómo fue la vuelta a Catalunya?
— Para dar este salto hace falta querer darlo, tener un proyecto interesante donde puedas promover el conocimiento y la investigación y poder abrir espacios. La verdad es que podía dar este salto con 50 años en Harvard o Barcelona.

— ¿Y por qué no Harvard?
— En Harvard me tocaba ser jefe de departamento y, por tanto, se trataba de dejarlo tan bien como me lo había encontrado. Esto no es una trivialidad porque la competencia es feroz y mantenerse arriba del todo es muy difícil. Fui decano de la Faculty of Arts and Sciences Affirmative Action y entendí que en el entorno americano había cosas que eran culturalmente ajenas. Todo esto coincidió con el arranque de la Universidad Pompeu Fabra.
— Y de nuevo, la fortuna.
— ¡Exacto! Conocía muy bien al primer rector, que era Enric Argullol, y me captó. Para dar el salto de volver a Catalunya también debes tener un mínimo de seguridad económica. Había ahorrado mucho en Estados Unidos, Esther y yo teníamos tres hijos y la empresa familiar fue muy importante para asegurarme este puente. Cuando pensamos en la atracción de talento también debemos tener todo esto en cuenta.
“Santiago Ramón y Cajal hizo el descubrimiento de la neurona desde Ciutat Vella”
— ¿El talento debe cultivarse, captarse o retenerse?
— Debemos cultivar, captar y retener el talento. Ahora ya puedes hacer toda la carrera sin salir de aquí, aunque quizás no sea lo más deseable y vale mucho la pena pasar períodos largos en el exterior. La mejor formación es el mundo y quizá no hace falta esperar hasta los 50 años para volver. Debemos mantener las puertas abiertas de nuestro sistema de educación, investigación y universitario.
— ¿Puertas abiertas?
-Una gran parte de las contrataciones de los centros de investigación es gente de aquí que vuelve a casa. Tendremos que ver qué hacen nuestros competidores más cercanos como Italia, que se ha posicionado como una potencia investigadora gracias también a los incentivos fiscales que han creado para la atracción de talento.
— ¿Y Catalunya?
— No se remarca suficiente que el catedrático Santiago Ramón y Cajal explica en sus memorias que 1888 fue el año de su fortuna porque hizo el descubrimiento de la neurona desde Ciutat Vella.
“La primera etapa como conseller fue de presupuestos crecientes, donde pude impulsar políticas de investigación, y la segunda etapa fue difícil por los presupuestos decrecientes”
— ¿Cómo recuerda su experiencia de conseller por partida doble?
—¡Fueron muy diferentes! La primera etapa era de presupuestos crecientes, donde pude impulsar políticas de investigación, y la segunda etapa fue difícil por los presupuestos decrecientes.
— Vayamos primero a las universidades, la investigación y la sociedad de la información.
— El sistema de investigación se podía plantear desde un modelo cerrado u abierto. Con la llegada de la democracia, había cada vez más dinero para la investigación en España, Europa y el mundo. Dinero público y privado que circulaba y que pedía talento. Tuvimos suerte y funcionó.
— Y todavía un golpe de suerte más.
— El dinero para la investigación en la Unión Europea creció mucho. Cuando una actividad funciona, entonces tiene un efecto de arrastre. Los Centres de Recerca de Catalunya (CERCA) tuvieron unos presupuestos agregados de 650 millones de euros, de los cuales unos 180 millones eran de la Generalitat, pero el resto era dinero público de España, privado o de ensayos clínicos, entre otros. El modelo abierto de investigación ha funcionado.

— ¿Qué se hacía entonces con el talento?
— Había que ponerlo en algún sitio y no podía ser en barracones, aunque recuerdo cómo el president Jordi Pujol quedó muy impresionado con los físicos de Stanford que trabajaban en barracones. Había que hacer infraestructuras como el Sincrotró Alba. Pusimos la conciencia de la ciencia.
— Pasemos ahora a la economía y el conocimiento.
— Nos cogió la crisis y la gestión correspondiente estaba dominada por el moralismo alemán. Se nos impuso y tratamos de preservar lo más básico, que era la salud, la educación y la investigación. No fue nada agradable, pero la economía del país sobrevivió y ahora se encuentra en buenas condiciones para seguir adelante.
— La crisis económica fue un golpe muy duro.
— Se llevó las cajas de ahorro por delante y aún suerte que pudimos salvar las fundaciones.
“El problema principal a resolver es desburocratizar el funcionamiento de las universidades y de los centros de investigación”
—- Dice que los economistas servimos para todo, pero que en política no puedes hacer todo lo que quieres. ¿Qué más le habría gustado hacer en política?
— Hicimos una ley de universidades que ha dado mucho juego, pero la verdad es que habría preferido poder promover una ley de universidad que estuviera completamente desligada de la estructura funcionarial.
— ¿Cómo es y cómo debería ser la estructura funcionarial?
— Hay competencias que solo puede ejercer el Estado como la justicia o la seguridad, pero hay otras que puede financiar, pero no es necesario que las haga el Estado como, por ejemplo, la educación, la economía, la universidad o la investigación. El problema principal para resolver es desburocratizar el funcionamiento de las universidades y de los centros de investigación.
— ¿Qué dice el derecho administrativo?
— Que tiene unas reglas de juego y cuanto más grande es el Estado, más debe cubrir aunque sean cosas extremadamente diferentes, desde bomberos hasta profesores universitarios o conductores de ferrocarril.
“En Francia, por cada euro que alguien dona, el Estado pone dos y esto ha creado incentivos para que haya más donaciones”
— ¿Cómo podemos conseguir que el mecenazgo sea un compromiso estructural de cultura, investigación y cohesión social?
— Dos observaciones: una cultural y otra fiscal. El mejor sistema de mecenazgo no es el americano, sino el francés, que tiene la misma estructura cualitativa que el español. En Francia, por cada euro que alguien dona, el Estado pone dos y esto ha creado incentivos para que haya más donaciones. Ahora bien, el mecenazgo en Estados Unidos no es de las empresas, sino de los accionistas o fortunas particulares que dan el dinero.
— ¿Y qué debemos hacer aquí?
— Seguir el modelo francés y presionar para que aparezca un ministro de Hacienda dispuesto a subir el nivel de mecenazgo. Aquí la cultura de base está menos inclinada a dar. En Estados Unidos hay suficiente gente rica que considera que a sus hijos no hace falta dejarles una fortuna y que es incluso mejor que su apellido suene como futuros donantes en una fundación o para hacer el bien.
“Debemos aplaudir y no castigar a los mecenas”
— Hacer el bien y dejar legado.
— Fíjate en nuestro entorno y verás que hay un sesgo muy importante hacia los mecenas que no tienen hijos respecto de los que sí tienen. Yo hace tiempo que propongo el modelo 50-20, es decir, 50% de deducción de la cuota y donar hasta el 20% de tus ingresos anuales.
— ¿Falta reconocimiento?
— Debemos aplaudir y no castigar a los mecenas. Parece un poco absurdo que cuando alguien está donando salgo otro diciendo que debería darle vergüenza dar tanto dinero. Yo prefiero que haya gente que tenga dinero y que lo dé para una causa antes que insultarlos cuando lo hacen.
“Sócrates se inventó el seminario interactivo para resolver problemas y Chat GPT aún no ha aprendido a hacer una cosa lo bastante imperfecta para que parezca auténtica”
— Se ha dedicado muchos años a la docencia. ¿Qué impacto puede tener la tecnología y en especial, la inteligencia artificial, en el proceso de aprendizaje y conocimiento?
— Quizá estoy anticuado, pero pienso que el cerebro no cambia tanto como la tecnología de aprendizaje. Recitar una lección en una clase magistral de mil alumnos está obsoleto, ahora es más bien un espectáculo en directo. A mí me gustaba invitar a personas como John Kenneth Galbraith y otros maestros del pensamiento.
— ¡Qué buen espectáculo!
—- No es lo mismo ver a un cantante en directo que hacerlo a través de una pantalla ampliada. Hace muchos años que Sócrates se inventó el seminario interactivo para resolver problemas. [Ríe]. Chat GPT aún no ha aprendido a hacer una cosa lo bastante imperfecta para que parezca auténtica. Creo que la educación, de verdad, mantendrá un componente importante de presencia e interacción.

— ¿Cómo ve la ciudad de Barcelona?
— Soy un fan de Barcelona porque es una ciudad de grandes posibilidades a la vez que es un gran activo de Catalunya. Incluso, me gusta la Font del Gat.
— También es un gran defensor de la colaboración público-privada y de la sociedad civil.
— La vivienda o la investigación solo se pueden hacer desde la colaboración público-privada. Ahora bien, es importante que el sector público interprete lo público-privado con generosidad. Creo que el sector público se equivoca cuando piensa que tiene que opinar si contribuye de forma no despreciable con dinero.
— Póngame un ejemplo.
— El Estado es el principal financiador de la Iglesia católica y no se le ocurre opinar sobre su dogmática. En el caso de la Generalitat es relativamente nueva y aún se está afirmando, y por eso quiere estar presente en todas partes.
“La vivienda o la investigación solo se pueden hacer desde la colaboración público-privada”
— ¿Y usted qué opina?
— Eso me incluye a mí. Hace 25 años creamos los centros de investigación en el Institut de Ciències Fotòniques (ICFO) y creo que fue un error que yo fuera el presidente del patronato de las fundaciones por el hecho de ser conseller, porque entonces uno se responsabiliza demasiado.
— ¿Exceso de responsabilidades?
— Soy responsable de las virtudes que los centros puedan tener y de la buena labor que puedan hacer. Ya se da por hecho que el crédito se lo llevará el promotor público, pero tampoco hace falta estar demasiado encima ni pecar de prudencia.
“No hace falta que la Generalitat sea visible en todas partes. Yo defiendo lo público y lo privado, y me gusta el modelo de Fira de Barcelona”
— Sin prisa, pero sin calma.
— En aquel momento, tenía que verse que la Generalitat estaba haciendo cosas y que quería impulsar. Ahora bien, el resultado es que puede ahogar la parte privada. Y no hace falta que la Generalitat sea visible en todas partes.
— Es un gran defensor de la colaboración público-privada.
— Yo defiendo lo público y lo privado. Por ejemplo, un buen modelo público es el de Fira de Barcelona, con la financiación básica de la Generalitat y el empuje del sector privado. No es un abuso, sino que es como debe ser y ha funcionado espectacularmente bien. Nadie pone en duda el liderazgo, el impulso y el mérito de la Generalitat.
— ¿Qué papel debe tener la sociedad civil?
— En Catalunya tenemos mucha tradición de sociedad civil y una vida asociativa muy intensa. Aun así, tenemos una asignatura pendiente con las sedes sociales y las empresas que piensan y dirigen desde aquí.

— Decidir desde Catalunya.
-Exacto, hablamos de centros corporativos de peso como Seat. Me sabe especialmente mal que el Sónar sea propiedad de una multinacional y que algún fondo de inversión hotelero lo haya dejado escapar.
“Tenemos una asignatura pendiente con las sedes sociales y las empresas que piensan y dirigen desde aquí”
— Dice que los economistas servimos para todo. ¿Qué le queda por hacer?
— No me queda nada y ya no tengo mucho tiempo… Puedo tener pequeñas aficiones y dedicarme a cosas nuevas. Mientras tenga fuerzas, no me detendré. Estoy en casi una decena de patronatos como la Fundación Miró, el Instituto de Arquitectura Avanzada de Catalunya o el Instituto de Estudios Norteamericanos, y también soy presidente del Banco de Sangre y Tejidos y del Barcelona Institute of Science and Technology. Escribo en los periódicos y tengo mis inclinaciones.
— Usted también ha sonado como candidato al Premio Nobel de Economía.
— No lo creo… Mi investigación está bien, pero no creo que alcance el nivel del Premio Nobel. No me ha preocupado demasiado. Los Premios Nobel están muy bien porque siempre han elegido bien.
— ¿Y si lo hubieran elegido a usted?
— [Ríe]. Sería una catástrofe, porque ser Premio Nobel te da mucha influencia y es mejor no dar una perspectiva a los jóvenes académicos de “todo o nada”. Hay que estar en el lugar adecuado, en el momento adecuado y hacer el hallazgo adecuado.
— ¿Cuál era el lugar o el momento adecuado?
— Se dice que yo renuncié a ello volviendo aquí, pero no tiene ni pies ni cabeza. A menudo se conceden Premios Nobel por contribuciones realizadas años atrás. Mi trabajo más citado trata sobre la teoría de juegos y lo hice en Barcelona en colaboración con Sergiu Hart, de la Universidad Hebrea de Jerusalén. Y no fue lo bastante rompedor como para aspirar a un Nobel…
“Para ser un buen político hay que tener cualidades que yo no tengo: tener una agenda o resolver temas complicados. Yo me considero más bien un estratega”
— Conoce a muchos Nobel de Economía.
— Me satisface mucho haber sido profesor en Harvard de tres estudiantes que ahora son Premios Nobel, y aún mantengo una relación sólida con Philippe Aghion y Abhijit Banerjee. Se debe principalmente al hecho de que Harvard y el MIT sacan lo mejor de los estudiantes y luego ya se valen por sí solos.
— El anterior entrevistado, Borja Molina-Martell, le hace las siguientes preguntas: ¿Qué cualidades debe tener alguien para ser un buen político?
— Para ser un buen político hay que tener cualidades que yo no tengo, como relacionarse con la gente o pasarte los fines de semana haciendo reuniones en pueblos. Creo que hay dos tipos de políticos: el que tiene una agenda, quiere y sabe hacer una cosa; y el que resuelve los temas complicados, pero que realmente no va a ningún lugar en particular. Es decir, el primero debe tener visión, ideas y convicciones, y el segundo debe tener comportamiento y buena manera de hacer. Este segundo grupo sirve para hacer política de un país o internacional. Y supongo que ahora debería añadir ser honesto y simpático. Todo esto ayuda, y me temo que hoy ser mediático también es un requisito.
“El valor de un profesor es el ejemplo, y eso incluye no ser dogmático y poder cambiar de opinión”
— ¿Y usted qué tipo de político ha sido?
— El estratega tiene un objetivo a largo plazo y, por tanto, yo me considero más bien un estratega. La política es tomar un problema complicado y resolverlo.
— Como profesor, ¿qué es lo más valioso que un docente puede dejar a sus alumnos?
— Que puedan ver cómo razonas, a veces te torturas y cambias de opinión. Es muy educativo ver a un profesor que ejerce el juicio y cambia de opinión. El valor de un profesor es el ejemplo, y eso incluye no ser dogmático y poder cambiar de opinión. Me he dedicado a la microeconomía, aunque suspendí tres veces la asignatura de microeconomía por culpa de un libro muy dogmático.
SIETE DE VIDA DE ANDREU MAS-COLELL
Referente: Gerard Debreu, en mi vida profesional.
Libro: Just William (las aventuras de Guillermo), en mi preadolescencia.
Película: Casablanca.
Canción: Veles e vents.
Rincón preferido: Plaza de Sant Felip Neri.
Lema de vida: No caer en la vida contemplativa.
Sueño: Que Catalunya cuente en una Europa que cuente en el mundo.
Subscríbete de forma gratuita a la Newsletter de CostaOr Consulting y no te pierdas sus últimas publicaciones